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domingo, 22 de agosto de 2004

Alarmas



Nos pusimos los pasamontañas y bajamos de la furgoneta.
-J.R., ya sabes lo que tienes que hacer.

Me quité el guante y acerqué mi mano al teclado. Cambiaban el código de seguridad todas las mañanas. Sufrí un pequeño mareo, pero Alexander evitó que cayese. Borré las huellas, volví a enfundarme el guante y pulsé, sin ninguna duda, la combinación de 6 números.
Pillamos a los dos guardias desprevenidos y les apuntamos a la sien.
-Deja el arma en el suelo si no quieres que te llene de plomo… ¡Todo el mundo al suelo! ¡Ahora!
-¡Toska, corta las sujeciones! Yo te cubro.
Un sudor frío recorría mi espalda. El éxito de la operación dependía de que nadie se diese cuenta de que las pistolas que llevábamos eran en realidad dos réplicas, inútiles en caso de fuego real.
-Ya los tengo, venga, vamonos, J.R.
-No tan deprisa, caballeros…


Detrás de nosotros apareció una kunoichi, totalmente vestida de negro y con su ninjato a la espalda. Toska la apuntaba con su pistola, pero le desarmó con una patada. Dejé caer la mía y la empujé hacia dónde se encontraba. Cuando se agachó a cogerla, traté de acercarme a los cuadros.
-Ni lo intentes… Zohar.
-¿Quién eres tú?
-Quién sea yo no es importante. Lo que realmente debería importarles es que he vuelto a activar las alarmas. Deberían comenzar a sonar… ahora.
Cogió los cuadros y escaló hacia el conducto de ventilación.
-¡Corre, Toska, salgamos de aquí!

domingo, 10 de agosto de 2003

Diamantes

-…y se fueron con esos diamantes robados a los alemanes nazis.
-Qué historia… ¿y tú estás metido ahora en algo?
-Ya sabes cómo soy, no puedo dejar de trabajar. Estoy estudiando la seguridad del Museo Munch.
-¿Otra vez? Estás obsesionado con ese cuadro…
-En agosto la ciudad se llena de turistas, seguramente sea el mejor mes para intentar algo… lo prepararemos para el año que viene. Si te interesa…
-¿No recuerdas cómo acabo la última vez?

Paal Enger suspiró, sombrío.
-Pasaste seis años en la cárcel por aquello.
-Esta vez será distinto, no tiene un sistema tan sofisticado como el de la Galería Nacional. Échale un vistazo a los planos… por los viejos tiempos.
-Está bien, veamos…
-Por cierto, no te he enseñado mi última adquisición. Aquí está: "El jardín de las Hespérides". Se lo compré a un americano, me salió tirado de precio. ¿Qué te parece? (...) ¿Por qué me miras así? ¿Qué te pasa?
-No, nada, nada. Es... muy bonito.

Tras varias horas llegué a la mansión LeBrook. Al entrar encontré ropa tirada por el suelo.
-¿Qué demonios…?
Sigilosamente, seguí el rastro hasta el gimnasio. Alguien nadaba en la piscina climatizada.
-¿Hola?
Vestida con un minúsculo bikini azul, Madeline subió la escalera y salió del agua.
-¿Me puedes acercar la toalla, por favor?
-¿Qué? Oh, sí, claro. Toma.
-¿Qué tal todo, Zohar? Vaya, olvidé llamarte para avisar de que llegaba hoy. Espero que no te importe si me quedo un par de días… al fin y al cabo, ésta también es mi casa.